Despertó aturdido por la acumulación de sensaciones: La fría tapicería del sofá en la piel de la espalda; el escozor de la miríada de heridas trazadas sobre su cuerpo; la luz de la mañana inundando el despacho transformándolo en un lugar irreconocible; la lengua de Control lamiendo con morosa deleitación cada uno de sus arañazos; la hierática presencia de la secretaria, de pie, tras el sillón.
Se amparó de nuevo en su propia oscuridad intentando aclarar su aturdida mente. Recordaba lo sucedido en el callejón y también lo que no ocurrió mientras indeciso esperaba horas antes frente al edificio de la Corporación. No recordaba que sucedió luego de enfrentarse a Puerco ni como le habían traído hasta el despacho de Control. Con los ojos cerrados la sensación dominante era el alivio que la mujer proporcionaba mientras lamía sus heridas. Los brazos, el pecho, el vientre. Cerró los párpados con fuerza cuando Control restañó los rasguños de su escroto. La lengua de la mujer ascendió por el tronco inhiesto hasta que su boca pudo atrapar el bálano inflamado y, con lentitud premeditada, descendió sobre el miembro, ascendió de nuevo y se separó ralentizadamente, dejando un hilo de saliva entre sus labios y el glande.
¿Qué ocurrió anoche, Héctor?
La plateada hebra se quebró en el aire.
El hombre busca una respuesta mientras la violácea cabeza se endurece por la salvaje presión de la mano de Control. Intenta dominarse mientras recuerda las palabras de Puerco, sus veladas insinuaciones. Dice:
Me encontré con Puerco.
Esperando que no haya más preguntas. Comprueba con alivio que la mujer guarda silencio, que se abalanza sobre él, que le cabalga. Él se agita dentro de la mujer, con un frenesí violento, sin importarle la presencia de la secretaria.
Fuese una decisión tomada mientras dormía o una muestra de su personalidad hedonista o su egoísta reacción a lo desvelado por Puerco, el Ejecutor había determinado aprovechar cada segundo de placer que aquella investigación pudiese proporcionarle. Poco le importaba si le estaban manejando o no ni las consecuencias de aquellos encuentros. Aprovecharía a su manera cada instante de placer. Y así lo hizo, con vengativo silencio terminó mucho antes que la mujer. Control le miró enfurecida y se separó de él visiblemente molesta. La secretaria avanzó un paso hacia ellos, pero Control la detuvo con un gesto de su mano.
No importa, Irene. Nuestro hombre está agotado.
Y esta nueva determinación del ejecutor nos lleva a saltarnos lo que ocurre a continuación, la sarta de trivialidades situacionales propias del relato detectivesco que nada importan en este momento. Sólo dos cosas son relevantes en este salto temporal: El hombre no explicó a Control su conversación con Puerco y, finalmente, dio con Sonja.
De todas las formas de prostitución, quizás la que practicaba Sonja era de la más terribles. Incapacitada físicamente para sentir ningún tipo de placer, los clientes encontraban en aquella mujer la imagen de una fría virgen hiperbórea, proporcionándoles la esperanza de ser los primeros en rescatarla de su helado cautiverio. Los ardorosos caballeros andantes creían rescatar a la doncella cautiva cuando en realidad se entregaban a las fauces de la bestia que les devoraba, en este caso exigiéndoles el pago de un placer decepcionante.
El Ejecutor quedó deslumbrado por el rojo cabello de la mujer, por su extrema palidez y, luego, por la contradictoria calidez de su piel. Por la resignada tristeza que emanaba y por su voz llena de matices del frío norte. Confío ciegamente en Puerco, dice Sonja preparándose, y acepto las condiciones del reto que te impuso. Si consigues que tenga un orgasmo te diré todo lo que quieras saber sobre él. Te advierto que jamás nadie...
Se interrumpe, dejando en el aire un silencio cargado de pesadumbre y, a la vez, de irremediable resignación.
Héctor asiente dispuesto a llevar hasta el límite su decisión de aprovechar todo momento de placer, intentando eludir la empatía que siente hacia la vestal que permanece desnuda sentada en el borde de la cama, con las rodillas juntas y las manos sobre las piernas. Por un momento duda que su decisión sea enteramente suya pero estira sus manos y toca con la punta de sus dedos el rostro de la mujer. Suavemente recorre la insólitamente cálida piel, la frente, detrás de las orejas, el cuello, los hombros. No hay rincón del cuerpo de Sonja que los dedos de Héctor no alcancen con inusual ternura, ni remotos confines que labios y lengua no recorran. En sus manos el cuerpo de Sonja tiene la textura de la cera tibia. Héctor la moldea lentamente a la búsqueda de una brecha por donde lanzar su ataque en vano. Sobre la cama la mujer es un cadáver insensible. Héctor siente una excitación irracional, voltea el cuerpo de la mujer en todas direcciones y la embiste desde cien posiciones sin obtener ninguna respuesta. Hay mucho en juego, pero lo que verdaderamente de debate es la hombría de Héctor. La muñeca de cera resiste todos los embates sin mostrar ninguna emoción.
El sudor corre por el rostro del hombre empeñado en una lucha inútil cuando cree oír un ligero roce tras la puerta como si alguien... La mujer se arquea entre sus brazos dejando escapar un leve gemido, Héctor arremete con violencia, Sonja se acopla a su movimiento entreabriendo sus labios de los que escapan leves gritos de placer. En un instante todo ha concluido. La mujer cae sobre la cama desecha completamente exangüe. Héctor se viste rápidamente y corre hacia la puerta, la abre, oye ruido de pasos que se alejan, Héctor persigue el furtivo taconeo hasta la calle donde puede ver, fugazmente la pierna de una mujer entrando en un coche.
Irene, dice.
Miércoles, 23 de Marzo de 2005 18:59.